En la vida nos encontramos con muchas situaciones, de esas que nos implican profundamente, en que no sabemos qué sería lo adecuado: ¿voy adelante, o me quedo aquí? ¿Escojo esto, lo otro, o me pregunto si puede haber algo más que todavía no he visto? A veces, todo esto lo reconocemos a posteriori: “me equivoqué por no pensar bien lo que tenía que hacer”, “no supe ver lo que pasaba en verdad”, “no me escuché, y mira ahora” … Situaciones y personas que me dicen que necesito ver con más claridad, con mayor profundidad. Experiencias que me conectan con el deseo y la necesidad de avanzar por caminos que me llevan a la vida, y no a la parálisis, al miedo, al dejarme llevar… a lo que no da vida.
Cuando esto sucede, me pregunto también por las herramientas para discernir: ¿Cómo se hace para dar con el camino que te lleva a la vida? ¿Cómo se hace para discernir?
Estas preguntas, que nos tendríamos que hacer todos los seres humanos, se vuelven más urgentes cuando reconoces, en los encuentros que vives en la vida, ante las situaciones que se dan, que la respuesta que des es, en último término, tu respuesta a Dios. Cuando descubres que no solo tienes que responder desde tu conciencia, sino que tienes que pedir a Dios su Palabra para saber cómo mirar la vida desde él.
El discernimiento es el medio para realizar esta indagación, y nos ofrece las herramientas que necesitamos para hacer este camino que ilumina nuestra vida y también la de tantas personas que nos encontramos en ella.

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