Hay travesías que no comienzan en el mar ni terminan en puerto alguno. Comienzan en un deseo tan simple como legítimo, la esperanza de construir una vida donde la dignidad sea posible. A veces esa esperanza tiene una mochila que pesa más por la incertidumbre, que por los pocos objetos que contiene. Así empieza el viaje de muchas personas que cruzan fronteras imaginarias. Personas impulsadas por una mezcla de necesidad y sueño, por contextos que les niegan futuro y atraídas por la idea, a menudo idealizada, de un lugar donde puedan empezar de nuevo.
Migrar no es solo desplazarse, es enfrentarse al desarraigo y la promesa, al miedo y al impulso de seguir adelante. Cada paso es una conversación con la ausencia de quienes quedan atrás, de los paisajes conocidos, de las lenguas que daban nombre al mundo. Y, sin embargo, en medio de esa pérdida, también nace una conciencia nueva de sí, una identidad que se rehace al ritmo del camino. Hay algo profundamente humano en esa obstinación por seguir a pesar del vértigo, como si el desplazamiento fuera también una forma de esperanza encarnada
Puedes descargarlo aquí
